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Al aeropuerto se sabe cuándo se llega, pero nunca cuándo se sale
En el 2001 no solo se derrumbaron las Twin Towers de New York sino que se destruyó el armonioso entorno que antecedía a un viaje en avión. Las extremas medidas de seguridad le quitaron glamour a la previa de las partidas en los aeropuertos del mundo. Al respecto citamos párrafos de Crónicas norteamericanas que Mario Diament escribió para La Nación bajo el título "Los aeropuertos, el nuevo limbo"

MIAMI.- En un pasado remoto, subirse a un avión era una promesa de placeres y aventuras. El disfrute comenzaba con la atmósfera cosmopolita del aeropuerto, que lo imbuía a uno de la sensación de pertenecer, aunque más no fuera por un rato, a un exclusivo círculo de privilegiados que, al aterciopelado anuncio de los altavoces, partirían en direcciones fascinantes y misteriosas, mientras el resto de la humanidad continuaría atrapada en su patética rutina.

El encantamiento se prolongaba durante el vuelo, donde uno se reclinaba en orondos asientos, mientras una sonriente y torneada azafata servía pequeños manjares y bebidas y se esmeraba por satisfacer ocasionales antojos.

Pero toda esa mística que rodeaba los viajes por avión se evaporó abruptamente el 11 de septiembre de 2001.

Ese día, si bien Osama ben Laden no logró terminar con el poder norteamericano como se proponía, terminó en cambio con la noción de que viajar es una forma de esparcimiento.

Hoy por hoy, decidirse a volar constituye una forma de perversión.

Desde el momento en que uno desciende del taxi a las puertas del aeropuerto se convierte en un sospechoso que deberá circular entre las desconfiadas miradas de soldados armados como Rambo, para luego alinearse en una cola que parece destinada a un campo de concentración, donde en medio de los graznidos de los guardianes, el sospechoso acepta someterse al humillante registro de su intimidad, se quita los zapatos, el saco y el cinturón y pasa a través de una máquina soplona que denunciará a los gritos si ha cometido el crimen de llevar monedas en el bolsillo o se ha olvidado de quitarse el reloj.


Puerta de embarque

Todo ese calvario para llegar finalmente a la puerta de embarque, donde no sería inusual encontrarse con un anuncio que indica que el vuelo se encuentra demorado.

Columpiándose al borde de la bancarrota, las empresas aéreas han optado por el "vale todo" o el "sálvese quien pueda". Se acabaron la comida, los audífonos, las mantas, las azafatas torneadas, el espacio entre asientos y los horarios.

Uno compra un pasaje por Air France, subyugado por las promesas publicitarias de cielos azules y termina volando en un avión de Delta. Si quiere un sándwich, tendrá que pagarlo, y si quiere ver la película con sonido, también.


Audiencia cautiva

Los aeropuertos se han percatado de que esta populosa masa anónima, multirracial y políglota, condenada a pasar largas horas y hasta días en alguno de estos limbos metropolitanos, constituye una inesperada bonanza.

Como cualquier comerciante entiende, no hay nada mejor que una audiencia cautiva y la que camina de punta a punta los aeropuertos (la superficie del aeropuerto de Dallas, por ejemplo, es mayor que la isla de Manhattan) o duerme retorcida en los sillones de las salas de espera para matar el tiempo, no podría estarlo más.

Así es que los aeropuertos norteamericanos han comenzado a ofrecer amenidades a estas víctimas propiciatorias de las líneas aéreas, que van más allá de las convencionales comidas, librerías y negocios.

En los aeropuertos de Boston y Chicago, por ejemplo, hay salones de belleza y spas que ofrecen peluquería, manicura, pedicura y tratamientos faciales.

Aeropuertos como el de Denver y el de Cincinnati tienen un servicio de alquiler de películas y de reproductores de DVD; Miami, Orlando y Pittsburgh albergan gimnasios completos donde es posible liberarse de la frustración de la espera poniendo a trabajar los músculos.

En San Francisco y en Chicago hay un servicio de odontología y un dispensario médico donde uno puede medirse la presión sanguínea o vacunarse contra la gripe.

En Detroit se pueden recibir masajes de pies y manos y someterse a una sesión de oxígeno puro; en Salt Lake City hay una cancha de golf de 18 hoyos a corta distancia del aeropuerto con un servicio de shuttle.

En Austin hay recitales de música en vivo; en Dallas se pueden hacer degustaciones de vinos y el aeropuerto de Cleveland tiene una de las mejores microcervecerías del país.

Toda esta industria, como se comprende, ha nacido al amparo de un principio inexorable: al aeropuerto se sabe cuándo se llega, pero nunca se sabe cuándo se sale y la compra de un pasaje ha dejado de ser un contrato para convertirse en una forma de lotería donde, como suele suceder, la ventaja la lleva el casino.

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